viernes, 12 de octubre de 2007

Las cuatro rosas, capítulo II

Vamos con el capítulo segundo de la historia:


LAS CUATRO ROSAS

II




David estaba sentado con los codos apoyados sobre el escritorio pendiente de la ventana, sin quitar ojo de la escena que tenía lugar en la plaza. Manuel y Sara salían del número 1 cogidos de la mano entre besos y abrazos dirigiéndose al coche de Manuel que estaba aparcado justo delante de la plaza, en una plaza perfectamente visible desde la ventana de David. En un abrazo, David vio como Sara subía la vista hacia su ventana, lo veía, sonreía y besaba a Manuel. David creyó que se quedaba ciego, pues por un instante no vio más que las lágrimas que brotaron de sus ojos, apretó los puños de la rabia, ardía en deseos de eliminar a ese que besaba a su amada, quería que ella fuera para él, no para su vecino. Cerró la ventana y se sentó a mirar la televisión. Al poco tiempo, Sara ya había llegado a su casa y se había conectado para hablar a través del Messenger. Nada más ver la ventana de aviso, David se apresuró a saludar como normalmente lo hacía: “Allô, guapa” a lo que Sara siempre contestaba: “Hello, you”. Y así nada más empezar a hablar, David dijo: “Espérame un momento, ahora hablamos, que voy a hacer una cosilla, no tardo”. Dicho esto, se puso el estado de “Volveré enseguida” y salió de la habitación mientras al otro lado de la pantalla, Sara esperaba que regresara.

La noche estaba tranquila en el exterior, no había un soplo de aire, pero sí un soplo de vida, el inquilino del número 2, Don Juan, postrado en una silla de ruedas y negado a salir a la calle, estaba allí sentado en su balcón mirando la plaza como casi todas las noches. De pronto un coche llegó, era Manuel. Aparcó en la misma plaza en la que se encontraba antes su coche, ya que debido a la hora ningún otro vehículo había ocupado ese lugar. Se bajó del coche, seguido por un coro de grillos que rompían el silencio de aquella noche y por la mirada de Don Juan. De entre las sombras de la casa número tres salió un hombre con un abrigo largo negro y un gorro que se dirigía hacia Manuel. Llegó enfrente suya y sin mediar palabra sacó un cuchillo y lo apuñaló tres veces, una en el abdomen, una en el corazón y la otra en el cuello. Cada vez que hundía el cuchillo en el cuerpo de Manuel, miraba a los lados para que nadie lo viera y lo apuñalaba una vez más. Creía que nadie lo había visto, porque Don Juan, al ver la primera puñalada había ido hasta el teléfono para llamar a la policía. Una vez apuñalado Manuel, el asesino se ocultó de nuevo corriendo en las sombras dejando a Manuel tendido en el suelo en un charco de sangre que se esparcía por el suelo y por su ropa. Estaba muerto, la puñalada del abdomen había traspasado el estómago, la del cuello había salido por la parte posterior del mismo y la del pecho había atravesado el corazón. Tenía los ojos abiertos, mirando sin mirar a un punto fijo. La boca estaba entreabierta y de ella fluía un riachuelo de sangre que iba a parar al mar sangriento del suelo. Allí, sólo con el eco de los pasos de su asesino y de los gritos que aún resonaban por las esquinas y que hicieron enmudecer a los grillos cantores, aunque en el sitio que más resonaba era en la cabeza de Don Juan que no podía creer lo que había visto.

“He vuelto” dijo David en el Messenger a Sara, “Perdóname si he tardado un poco, yo creí que iba a ser todo más ligero”. “No te preocupes” respondió Sara. De pronto, David, vio como las luces del número 1 y 2 se encendían y sus inquilinos se asomaban a las ventanas, escuchó como llegaban coches de policía y las ambulancias. “Algo ha pasado aquí, ha llegado la policía y la ambulancia, aparte, la gente está asomada a la ventana” dijo David. “No sé, ve a informarte de qué ha pasado, corre y me cuentas” respondió Sara. David cogió su abrigo largo negro y su gorro para resguardarse del frío, su teléfono móvil que hacía las veces de reloj, las llaves y salió a la plaza. Nada más salir vio como María, la madre de Manuel corría desesperadamente envuelta en una bata de flores, seguida por su marido José. Mientras corría gritaba: “¡Mi niño, mi niño!”. Al avanzar un poco, miró hacia el suelo y cayó desmayada sin llegar a caer, ya que su marido, con los ojos desencajados la sujetaba de la cintura. David siguió andando y vio como en el suelo estaba Manuel, muerto, rodeado de sangre, con tres puñaladas de las que emanaba sangre y más sangre. David no podía creer lo que veía, sus ojos se abrieron más de lo que él pensaba que podían hacerlo y su garganta se negó a darle algún sonido. No podía pensar en nada que no fuera Sara, ella estaba enamorada de Manuel y le iba a tocar a él darle la triste noticia. Poco después, habiéndolo desalojado la policía, llamó a Sara. Sara lo cogió y digo: “David, ¿Qué pasa? ¿Por qué no vuelves? ¿Qué ha pasado ahí?”. David no sabía que decir, no sabía como decirle a su amiga que su novio había sido asesinado. “Sara, escucha, no he podido volver porque en la plaza ha habido un asesinato” dijo David con un hilo de voz. Sara respondió impaciente: “¿Un asesinato? ¿Quién ha muerto?”, “Ha muerto….” dijo David tragando saliva para coger valor “Manuel, ha muerto Manuel”. Al otro lado del teléfono sólo se escuchaba el silencio y una respiración entrecortada, propia de un dolor tan grande que ni el llanto hacía acto de presencia, un hilo de voz entrecortada se oyó al otro lado del aparato: “Manuel”, “Sí, Manuel, de verdad Sara lo siento mucho” respondió David. “Manuel, Manuel” Sara se repetía una y otra vez el nombre en signo inequívoco de que estaba aún intentando hacerse a la idea de que Manuel había sido asesinado. “De verdad, Sara, sé como te sientes” dijo David para consolarla. Sara rompió a llorar y gritó: “Tú no sabes nada, miles de ilusiones, años de amor, proyectos que teníamos en mente, todo se ha ido a la mierda, todo, todo… Nunca podré amar tanto a nadie como amo a Manuel, y sé que ese amor perdurará siempre, he tenido la suerte de ser correspondida y ¿para qué? para nada, para hacerme vanas ilusiones que ahora me pesan como una losa, porque ya no existe nada, ya no hay futuro, todo, todo lo que quiero está muerto, no tengo a nadie con quien hacer mis sueños realidad. Tú no sabes lo que es perder a la persona amada, no sabes lo que es renunciar a un amor, no lo sabes”. Sara colgó y David le respondió con la mirada perdida: “Sí que sé lo que es perder un amor y renunciar a él, es lo que siento cuando te veo”.
David se fue a su casa a intentar dormir un poco, pero todos los esfuerzos fueron en vano, no podía dejar de pensar en que Manuel había muerto. Esa noticia le entristecía, pero a la vez le daba esperanza de que ahora que Manuel no estaba, Sara podría enamorarse de él. Estaba aterrado, había un asesino en su barrio, habían matado a su vecino, pero lo que más le aterraba era la idea de que en cierto modo estaba alegre por la muerte de Manuel.

por: el Pater

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